De la ola y “los peligrosos seres de carne”

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La tarde extiende su edredón de agua y arena en esta playa de Sanlúcar sobre aperos y balandros que aparcan por un tiempo su servicio a la espera de que esas manos y rostros marineros acudan de nuevo. El crepúsculo asoma su acuarela de magenta y añil tras el coto de doñana donde arbustos y fauna tejen sus sueños con los dedos de juncos, carrizo, álamos blancos, el águila imperial y el lince ibérico.

Este relato, potrillo inquieto, trata de una ola. Los primeros destellos del sol hieren levemente sobre el azul del mar y encienden de color sonrosado, naranja y amarillo a un tiempo el cielo, cuando nace nuestra pequeña ola. No veas la alegría de papá y mamá ola cuando la espuma da lugar a sus primeros saltos, risas y quejidos azuzada por las demás olas. Algún día tú también asistirás fascinada a los juegos de tus retoños convertida en mamá… Achúchala, abrázala fuerte, que sienta tu calor también… Es preciso que todos sintamos el calor de los demás para ser fuertes.

2

La noche enlaza su cabellera de niebla sobre las iglesias de San Francisco, Santo Domingo y, rodeando el jardín de las piletas, se recuesta sobre la Parroquia de la O. Ombú, laurel de Indias, drago, etc., adormecen con sus pétalos de verde y rojo avenidas y jardines botánicos. Bicicletas y bollas descansan su latido de primavera y mar en la orilla, las gaviotas recostándose unas contra otras en la orilla, cuyo brazo alcanza allá a lo lejos del Papá bueno de Chipiona, su faro.

La pequeña ola, gracias a papá y a mamá ola, descubre desde pronto a compartir, a dejarse acunar por las demás y a ser ola en movimiento para aquellas que se sienten algo tristes… Su cuerpecito se abraza fuerte a las demás olas, con confianza y seguridad, y gana con facilidad la cima, siendo risa y carcajada sonora.

Sus padres le enseñan desde pronto la diferencia entre marea alta y marea baja y de la conveniencia de no acercarse a la orilla porque eso significa la muerte para todo ser que vivía en el mar. Ella, con toda la efervescencia de las olas jóvenes, sólo tiene oídos para compartir, para ser ola en movimiento y para ser fuerte con las demás, de forma que al subir parece que besan las estrellas, sí, sí como la tuya, y el sol por la mañana…

3

Hay un rumio de verdura que se extiende asímismo por la plaza de los Capuchinos y en la playa de la Jara desciende a donde el río Guadalquivir se recuesta en los brazos del océano Atlántico.

Ola lozana y adulta (deberías ver lo guapetona que es; casi tanto tanto como tú), cierto día le ocurre algo que ha de cambiar su vida. La cordada se rompe soltando a nuestra ola por primera vez en su vida y dándola de bruces con un barco… Fíjate su cara de sorpresa, sola por primera vez, preguntándose qué es aquel objeto para nada semejante a los demás elementos que la han rodeado: olas, cielo, estrellas, firmamento… Papá y mamá ola, junto a sus compañeras, las demás olas, le han hablado de barcos, seres de carne, sustancias que resultan mortales para las olas, en fin… Sus brazos de ola, no obstante, tantean curiosos esta nueva realidad.

Sus ojos se maravillan aún más ante el ser de carne que arriba del barco se refleja en sus ojos de ola, sus cabellos, sus grandes y pizpiretos ojos verdes, sus manos de carne acudiendo a su rostro…. Allí permanece nuestra pequeña ola mucho, mucho tiempo, sorbiendo, bebiendo cada uno de sus rasgos… Así esa alegría de niña que la recorre y que hiende su alrededor…

4

La mar no parece tener prisa. Fluye desde la playa del cabo de Plata en Tarifa hasta Cádiz, pasando por Zahara de los Atunes, Véjer de la Frontera, Conil, etc; y desde Cádiz subir al trantrán de Puerto Santa María, Rota y Chipiona hasta llegar a Sanlúcar.. Allí la emoción no tiene fin… Llora y llora por el hijo recién encontrado por esa marejada que rompe en sus brazos, en su regazo, en sus ojos…

Nuestra ola, desde entonces, no es la misma. Al amanecer rompe en juegos con sus compañeros y compañeras olas, pero al anochecer acurrucada junto a las demás olas refleja una y otra vez el rostro del ser de carne…

Tan manifiesta es su preocupación y su malestar, que papá y mamá ola le preguntan qué le pasa y nuestra ola les responde, pero papá y mamá ola le hablan de una raza, los seres de carne, que frente a los seres marinos no comparten generosos, no valoran la importancia de la convivencia e, incluso, llegan a destruir la tierra y lo más importante el agua… Le cuentan además cómo las olas no pueden acercarse a ellos porque las olas cuando la marea baja mueren en la orilla, desvaneciéndose entre la arena…

Quizás aquí es donde nuestra guapetona y sensible ola necesite mucho de tus abrazos, de tus besos, de tu alma, porque triste y decaída por las palabras de papá y de mamá ola intenta olvidar todo cuanto había vivido.

5

Al ramonear de la tarde, la playa teje sus sueños con las huellas de sanluqueños y turistas que acuden a dar su paseo. La arena quiebra sus pasos a la carrera locuela y castañuelas de infantes. El mar interpreta su solos de piano y violín en cada centímetro que gana a la orilla… A la espera, siempre a la espera de que la noche caiga con su edredón de estrellas y brisa entre transeúntes, vigías de la noche y sueños…

Nuevos amaneceres y cielos entretejidos de estrellas transcurren alegres para nuestras queridas olas. Nuestra ola, ya adulta,una noche, mientras las demás olas descansan allá arriba en alta mar, se dirige al lugar maldito donde le han advertido que no acuda.

Casi moribunda, con el sonido de las gaviotas tañendo la tarde, llega nuestra ola a la orilla, adonde sus labios acuosos dejan escapar sus últimos ayes, hasta que, su pequeño cuerpo de ola casi absorbido por la tierra de la playa, unos ojos verdes y castañuelas, de niña con haldas de primavera y otoño se espejan en sus brazos y unas manos que atrapan las pequeñas gotas que quedan de su cuerpo acuoso y las llevan a sus ojos, a sus mejillas, a sus cabellos, haciéndola sentir un calor, un latido que no ha sentido en su vida, reviviéndola, reanimándola….

Hay, cariño, quien dice que nuestra ola vuelve para contar cuán equivocados están los seres del mar, que los seres de carne guardan, como ellos, la capacidad, el alma, la sonrisa, pizpireta y castañuelas, que en ella permanece impresa para siempre. Pero, claro, todo esto sólo son historias de olas. ¿Quién sabe?

Mercedes, que así se llama la mujer que conoce nuestra ola, con su mirada pizpireta y castañuelas, en sus manos, en su regazo, en la alegría que cual niña parece tejer cometas en la playa de Sanlúcar, mientras escribe versos de luz y agua con su amiga la ola. Mientras hoy, años después de habernos dejado, y revoloteando sus cenizas por esta playa de Sanlúcar, una vez más sus piececitos huellan latidos que revolotean hoy castañuelas por los cielos de esta ciudad marinera…

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