Cielo festoneado de nubes negras,que tú mamá te comes con tu sonrisa

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Rotúrame, haz que entre toda esta dureza, entre estas piedras, matojos que han crecido a mi alrededor, pase la cuchilla de tu tractor, la semilla que desbroce cada sombra de color castaño, igual que mis ojos, igual que la mirada, pero sin ser mi mirada, madre, porque tú no miras a través de ella; porque los ojos de los niñoa ya no miran por ella. Porque los ojos de mi Mariiita no miran por ella.

Después devuélveme a tu útero, a cuando estabas en vida física conmigo, porque tengo ganas de pasear contigo; porque tengo ganas de que vuelvas a ahuyentar mis fantasmas a besos no una, no ciento, no miles sino ciento de miles; porque tengo ganas de que me vuelvas a pronunciar no con los labios, sino con tus manos, con tu sonrisa, con tu mirada castaña, con tu frágil pero fuerte pecho, con esos ojos castaños que de nuevo devuelven a Prudencito, ay tu prudencito.

Después vuelve a nacerme, ligero, porque me iré ligero, no, no soy las cargas de María, mi María, no, no soy tu carga de dolor, querido maltratador, no, los chichones en la cabeza con que tú, ya íntimo compañero de vida, me has señalado de nuevo con tu dolor, el poderoso hematoma bajo el ojo derecho con el sello de tu primer zurdazo, el dolor de mis costillas, apaleadas por tus patadas…así como no era la carga de dolor de mi padre o de tantos alumnos que conducían en sus ojos el dolor desgarrado, fuego llama locura de sus padres.

Todo, querida mamá, todo son nubes negras que nos arrastran con su viento y marea de tormenta, de noche, de sombra, de bruma. Sin que me dé cuenta de que en mí aún late ese niño que ratoneaba entre tus brazos, chiquinín, con tu ternura niña, con la magia de tus alas, con esas lágrimas que el dolor a veces asomaba en tus ojos, con ese latido trémulo de tu pecho al abrazarte, suave, muy suave, mama.